Cuántas veces hemos tratado de encontrar respuestas y soluciones a situaciones complejas, en cuya búsqueda caemos en enredos que nos llevan al extravío y a la tergiversación. He llegado a la conclusión  de que, en muchas de las veces, resultan ser los fundamentos que soportan los cuestionamientos los que carecen de objetividad y veracidad; menciono esto, ya que en las reflexiones concernientes al asunto migratorio que compete a los pueblos Iberoamericanos  y a los Estados Unidos de Norte América se hallan implícitos temas como son el económico y el social, presumiblemente, como los de mayor peso. En la arena política se procesan un sin número de artificios que pareciesen llenos de conocimiento y erudición cuando se habla de dichos temas y su afectación producto del fenómeno de la migración, hoy en día observamos a un partido republicano dispuesto a todo con tal de detener a estos miles de mujeres, hombres e infantes provenientes de todas partes de nuestro continente en busca de mejores condiciones de vida, pero en su agenda poco o nada se habla de otro tipo de inmigrantes como son los europeos y coreanos, que,si sacamos cuentas, no dejan de sumar de manera muy importante.

Pero sin importar todo lo hecho y deshecho, la cruda realidad es que, en esa búsqueda de soluciones, y como mencioné anteriormente, el sostén que soporta a los temas en cuestión carecen de certidumbre; pues al ver esta actitud desmedida por atacar, denigrar y subyugar al individuo, difícilmente pudiese provenir de aspectos económicos y sociales, sino que enfrentando un acto de discriminación racial. Sí…sí, esa es la única y auténtica realidad de las cosas, pues si se tratase, en primer lugar, de aspectos económicos, son nuestros paisanos, los mexicanos, quienes presentan y otorgan la primera línea de fortaleza en la industria agrícola del país vecino, teniendo como su principal cimiente las raquíticas remuneraciones por un trabajo que ningún estadounidense desea hacer. Por otro lado, y tocando el punto de las presuntas complicaciones sociales, permítanme decir algo: En todos los viajes que he llevado a cabo a ese país, son mucho más los asiáticos que se ven en las calles de las principales ciudades como son New York, Chicago, Denver, Philadelphia, Washington, San Francisco, vamos, hasta en Los Ángeles, que los llamados latinos, y quizá algunos se pregunten: ¿En dónde están que no se ven?, la respuesta es simple, trabajando, en las siembras, en los hoteles, en los talleres, en las fábricas y en restaurantes; trabajando y produciendo. Y todavía algunos atrevidos afirman que les mandamos lo peor de nosotros; lo cierto es que nadie manda nada, solo les ha tocado la suerte de tener mucho de lo mejor de Iberoamérica.

La grandeza de una persona, de un grupo, de una industria, de un país, no se mide desmenuzando sus factores económicos, sociales  o raciales, sino que, muy al contrario de eso, es la consecuencia de abrazar al contexto de todo ello, en dónde banderas, fronteras y colores de piel se funden en el acto de lo incondicional.

Los Estados Unidos de América es un país grande, es un país de mucha fortaleza y de un espíritu mucho mayor de lo que algunos políticos suyos pretenden creer al atreverse querer socavarlo con malabarismo barato. Estoy cierto de confirmarlo en sus próximas elecciones, en donde el color moreno y aquellos que le quieren y reconocen tendrán una fuerte voz.

This post was written by Víctor Pierce

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