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#3255
Víctor Pierce
Superadministrador

Annie Besant

V

¿Qué es, pues, la evolución? Es ese esquema maravilloso en la mente del Logos que Él proyectó para la construcción de Sus mundos. ¿Cómo podía Él dar Su vida de un modo tal que de aquella vida una pudiera surgir la variedad infinita? ¿Cómo podía Él derramar Su vida de tal manera que no crease duplicados de Sí mismo como meros autómatas que respondiesen a Su voluntad movidos por ella, sin una voluntad suya propia? ¿Cómo, en lugar de esto, podía Él crear un universo de criaturas dotadas de movimiento y de vida, a quienes al dar Su vida les comunicase Su propia existencia, para que cada una fuese un centro de vida existente propia y desarrollase de ese centro de propia existencia poder tras poder, facultad tras facultad, posibilidad tras posibilidad, todo, en fin, lo que distingue Su propia sublime y perfecta vida? ¿Cómo podía Él traer a la existencia Sus finalmente cooperadores, sus pares?

Dotados de propio movimiento tenían que ser; esto implicaría la evolución de la voluntad. La voluntad en Él es todopoderosa, todo competente, todo dominante, siempre dirigida a lo más elevado y a lo mejor, guiada por una sabiduría perfecta y un perfecto amor. ¿Cómo podía desarrollarse una voluntad semejante en esas criaturas a las que en la infinitud de Su propia mente Él proyectó en pensamiento antes de hacerlo en la forma? Una voluntad como la Suya para ser libre, una voluntad como la Suya para elegir siempre lo mejor, no por compulsión externa, sino como expresión de una vida perfecta, ¿cómo podía manifestarse semejante voluntad en ellas; cómo podía semejante vida alcanzar su perfección?

La respuesta a esta pregunta fue evolución; la vida dada como un germen, la forma dada como un germen, la forma debiendo tener la característica del cambio, la forma siempre deshaciéndose y reconstruyéndose, la forma en un principio sencilla y tornándose complicada a medida que el germen en evolución que la habitaba lo exigía así más y más; ambos continuos, ambos en un sentido inmortales; esto es, que al paso que la exterioridad de la forma no era continua, existía el lazo de la materia que daba la continuidad; luego la vida debía funcionar en ella y moldearla, darle forma ya de una manera, ya de otra, ensayando éste y aquel experimento, ésta o aquella clase de experiencia, sin tener límite en ninguna parte, excepto que una sola Ley debía ser el guía; que hiciese lo que hiciese, los resultados de su actividad debían volver a ella; que sea lo que fuere lo que eligiese, esta elección debía ser contestada sin la posibilidad de rechazo. La Ley una de causación fue impresa por el Logos en Su universo, una Ley que jamás podría ser violada, porque sólo así podía ser educada la vida, porque sólo así podía ser ejercitada hasta la suma perfección. ¡Cómo! ¿Qué la vida puede sumergirse en toda clase de expresión; que la vida puede experimentar libremente, actuar con arreglo a su fantasía y a sus caprichos; que la vida puede lanzarse en todas direcciones, aquí y acullá, sin que nadie se lo impida? ¡Sí!; esa libertad fue dada a la vida porque la vida era parte de Su propia vida, y sólo así los poderes que eran Suyos y que estaban en germen dentro de esa vida, podían ser definidamente evolucionados.

A medida que aprendía lecciones por estos continuos experimentos, la vida conservaba la impresión de cada una de aquellas. El mundo, el pensamiento del Logos, devolvía a la vida en evolución la respuesta perfecta a cada palpitación que lanzaba como demanda. De este modo la vida aprendió lecciones de experiencias; de este modo la vida almacenó en sí misma una memoria de los resultados de cierto género de actividades. Estas actividades la atraían algunas veces con los halagos de la sensación, reprimiéndola luego con el sufrimiento que seguía a la satisfacción de aquella, y lentamente la vida aprendió a escoger más sabiamente; poco a poco esta vida aprendió a guiarse a sí misma, ayudada del conocimiento y de la inteligencia; de suerte que a medida que la voluntad evolucionaba y se acrecentaba el poder de elección, aprendía siempre a determinarse por lo mejor, porque encontraba que lo mejor y lo más dichoso eran una sola cosa. Así, la vida evolucionó con muchas experiencias, sin que faltara una sola de las que le eran necesarias; pues otro objetivo se halla ante esta vida, el objetivo que, al ayudarle a avanzar, lleva a efecto el mismo Logos; esa vida debe ser el auxiliar de otras vidas, el instructor de inteligencias más jóvenes; lo bastante sabia, lo bastante fuerte, lo bastante inteligente para convertirse a su vez en un auxiliar y un guía para dar en lo sucesivo su propia luz, de la cual surgirán a la evolución otras vidas en otros universos. Porque cada uno de estos gérmenes de vida ha de elevarse a la altura en que se encuentra el Logos hoy, para poder ser el centro de un nuevo universo, para derramar su propia vida a fin de que otros semejantes a él puedan venir a una existencia gloriosa y radiante. ¿Pero cómo hubiera podido ser esto faltando la experiencia? ¿Cómo hubiera podido ser esto si algo quedaba por conocer? El Logos de un universo tiene que incluirlo todo en sí mismo, sentir con todo, simpatizar con todo, vivir en todo, porque de otro modo ¿cómo podría evolucionarlo todo? Lo inferior tiene que evolucionar, como asimismo lo superior; lo no desarrollado como lo desarrollado. Dentro de la evolución que ha de terminar en un Logos, todas las experiencias tienen que pasarse, todas las posibilidades de la vida tienen que conocerse. El tiene que amar, simpatizar y vivir en todo; por tanto, tiene que haberlo conocido todo, porque de no ser así estaría fuera de Su vida, fuera de Su experiencia. El secreto de la maravillosa paciencia del Logos está en que Él ha pasado por todo ello en el pasado. Porque Él mismo ha trepado por la inmensa escala; Él está presente en cada peldaño como auxiliar de la vida, que es la suya propia, por ser de Él emanada, multiplicándose en el universo que ha traído a la experiencia; y la evolución es la fuerza de Su vida, dada a la vida que Él emana, a fin de que se desenvuelva. La fuerza tras ella es esa voluntad perfecta; la meta ante ella es ese Ser perfecto. El camino es largo y penoso cuando se le considera desde sus etapas; el camino es corto y dichoso, considerado desde la meta, cuando la conciencia mira hacia el pasado. ¿Dónde está, pues, el pesar; dónde el dolor? ¿Dónde está el corazón despedazado, dónde los ojos llenos de lágrimas? Esto no es más que las experiencias de la forma que han enriquecido la vida, la cual encierra dentro de su mismo dolor el poder de la simpatía, dentro de sus propias tristezas una fuerza. El secreto de la evolución se ve en sus principios en la mente del Logos, terminando en la realización de todo aquello en que pensó; y las dos líneas de la evolución son claramente necesarias; ninguna de las dos podría existir sin la otra; de un lado la de la forma, de otro la de la vida. El lado de la forma nos habla del dolor y de la muerte; el lado de la vida nos habla de la expansión, del crecimiento, de la dicha. La Naturaleza no es un campo de batalla lleno de sufrimiento, de muerte y de miserias; la Naturaleza es el Corazón del Logos ensanchándose a fin de que un universo venga a la existencia, y una vez conocido el secreto del Señor, todo se convierte en hermosura, en dicha, en amor.